Hace unas noches, volví a ver "La Sociedad de los Poetas Muertos". Recuerdo que la primera vez que la vi, en mis primeros años de universidad, me causó profunda impresión. De hecho, ésta debe ser una de las películas que más influencia
haya ejercido sobre mi generación. A veces se la acusa de promover una cierta actitud de rebeldía contra la autoridad establecida, tema que hoy por hoy es relevante dado que parece haber un levantamiento generacional, tanto en el cercano Oriente como en parte de Europa y América Latina, que cuestiona el modelo de social vigente. También se la tiene como culpable de promover un estilo de vida irresponsable y hedonista que sólo valora el deseo y placer actual. Aunque en parte estas acusaciones son injustas, sí podríamos decir que su carácter rupturista es un gran reflejo de la crítica que nuestra época hace de la modernidad. Pero quizá lo más importante sea, al menos desde mi punto de vista, que su modelo de ruptura puede servir de motivo para algunas reflexiones actuales.
"La Sociedad de los Poetas Muertos" presenta dos tipos de desafíos. El primero tiene que ver con un desafío al concepto de autoridad. Ella está representada en los cuatro pilares de la escuela: Tradición, Honor, Disciplina y Excelencia. Estos son ideales típicos de la modernidad y se relacionan con la autoridad pues son los ideales promovidos y, hasta cierto punto, impuestos por los padres y la dirección de la escuela. Pero el profesor Keating enseña algo diferente: nadie debe decirnos qué pensar (desafío a la tradición) y por lo tanto debemos ser no-conformistas (desafío a una suerte de "disciplina social"). Tal desafío a las costumbres provoca desconcierto porque representa una nueva forma de ver el mundo y, por lo tanto, cualquier respuesta tradicional, es decir, proveniente del viejo paradigma; será mal recibida y vista como provocación. Los estudiantes y las autoridades no pueden entenderse ni llegar a acuerdos (alguien de acabar imponiéndose) pues ven el mundo de forma tan diferente que no pueden comunicarse a nivel conceptual. Esto se parece a la reacción que tienen los representantes del Estado frente a las demandas de protestas estudiantiles: en general la autoridad responde en términos y lenguaje propio sin siquiera entender las motivaciones de los manifestantes.
El segundo desafío es el abandono de una vida "prefabricada" por la aventura del "carpe diem" (que puede traducirse como "disfruta el día"). Generalmente esta forma de pensar asusta. Y es natural que así sea pues hay en ella un cierto llamado al vértigo y a la excitación, tan propios de nuestra época. Sin duda este aspecto podrá encontrar una gran cantidad de crítica en las iglesias. Apropiadamente, de hecho, pues existe en el "carpe diem" el peligro de la superficialidad y de la pérdida de la orientación. De hecho, este aspecto de la filosofía de Keating, junto con el desafío a la autoridad, podrían ser vistos como fuentes del extravío moral y de principios que es posible identificar en nuestra sociedad.
Pero, de cierta forma, Keating no pretendía una ruptura absoluta sino un regreso a lo fundamental, abandonando los impedimentos artificiales de la creatividad. En otras palabras, la verdadera reforma no consiste en quemar y destruir la civilización sino en retornar a las fuentes y recuperar los impulsos civilizadores. Por eso es que Keating, profesor de literatura, estimula a sus estudiantes a leer los clásicos. El problema no está en ellos, está en una lectura reconocida como la única posible y transmitida sin creación. La propuesta de Keating es releerlos desde una perspectiva nueva, personal, creativa.
Esta perspectiva es digna de ser recordada hoy que soñamos embarcarnos en una deconstrucción del cristianismo (esto es, repensarlo hasta encontrar su componente fundamental). Si queremos realizar el anhelo de Lutero de una "Ecclesia Semper Reformanda" (una iglesia en continua reforma) no debemos olvidar volver a una lectura creativa y original de nuestros "Clásicos" (me refiero a la Biblia, evidentemente). No podemos conformarnos con las lecturas que nos han transmitido. Necesitamos la nuestra y hacernos responsables de ella. La fuerza revitalizadora y civilizadora del Cristianismo (su Espíritu) se haya en la Palabra siempre y cuando la reconozcamos viva. Petrificarla es convertirla en ídolo y como todo ídolo, no prevalecerá. Sólo la Palabra viva (y por lo tanto dinámica) del Dios vivo puede romper las cadenas y crear un cristianismo relevante para la época que nos toca vivir.
domingo, 3 de julio de 2011
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