Si alguien pensó que el movimiento estudiantil del año pasado era contra el gobierno de Piñera, lo invito a replantearse la situación. Tampoco se trata en realidad del sistema económico. Las pasadas manifestaciones sociales
y las actuales protestas en Aysén no son tanto contra un gobierno, sino contra el Estado o, más precisamente, contra nuestra actual República. De hecho son el síntoma de que nuestras instituciones no solamente no funcionan, sino que constituyen el aviso de que, a menos que se reconozca el problema en profundidad y se actúe en consecuencia, corren el riesgo de un absoluto colapso. Se trata del desgaste de una república centralista y oligárquica. Se trata finalmente de un problema de dignidad.
Déjenme comenzar argumentando por qué el único diagnóstico posible es que los actuales conflictos sociales apuntan a una crisis de la República. La primera evidencia es que los movimientos parecen ser independientes de los partidos políticos. Al menos de las coaliciones mayoritarias. Además, se han caracterizado por un rechazo a la actual clase política. Por momentos, uno cree que empezará a escuchar el grito de "¡Que se vayan todos!". Este rechazo es también el origen
del bajo interés de las generaciones jóvenes en participar en las elecciones. No es que no les interese la política o la participación en la toma de decisiones o aun en la construcción del país. No. Eso quedó demostrado en el pasado movimiento estudiantil. El problema es que nuestro sistema republicano se ha vuelto lejano y
poco representativo a tal punto que las elecciones se ha transformado en la manera en que la clase política de reproduce a sí misma y cuida sus intereses, pero sobre esto volveremos más abajo. Pero es justamente esta crisis de representatividad lo que ha eliminado el diálogo como forma de resolución de conflictos. Sin duda esto es gravísimo. Significa que nuestra República necesita con urgencia de cuidados intensivos. La muerte del dialogo instala la protesta alérgica y las medidas de fuerza
como forma de hacer notar las necesidades sociales. El caso de Aysén es un magnífico ejemplo de esta dinámica perversa. En un sistema republicano normal, los parlamentarios (es decir los representantes de pueblo) de Aysén deberían haber llevado los problemas locales al Parlamento y ante las autoridades de gobierno e influir para que tales problemas fuesen discutidos y resueltos por vías institucionales. Lo harían no sólo por su "vocación de servicio público" sino porque en un sistema republicano sano, los parlamentario son responsables ante los ciudadanos quienes pueden efectivamente castigarlos por medio de las elecciones. Eso es imposible en Chile, entre otras cosas, debido a nuestro sistema electoral. Este es, dicho sea de paso, el motivo de que el Congreso sea una de nuestras instituciones más desprestigiadas. Y si la representación parlamentaria no funciona bien, entonces el Estado ya no es un servidor del pueblo: es su adversario y no queda más que la protesta para canalizar las demandas. En resumen, nuestras instituciones republicanas no están funcionando.
A todo lo anterior, el caso de Aysén se ve agravado por un defecto histórico de nuestro país: el exacerbado centralismo. Dice la conocida sentencia popular que "Santiago es Chile", pues bien, en nuestros días eso es tan grotesco
que el problema del transporte público de la capital ha pasado a ser responsabilidad, no de una Municipalidad o de una Intendencia, como uno esperaría; sino ¡del Presidente de la República y sus ministros! Por el otro lado, las regiones son continuamente ignoradas por los gobiernos de todos los colores. Incluso el sentimiento de abando se hace más patente cuando ocurren catástrofes naturales en regiones.¡Cómo olvidar el "terremoto blanco" en el Chile Sur-Austral! De nuevo el caso de Aysén es un buen ejemplo. La gente se siente abandonada. Peor aún, se siente traicionada, pues todo parece indicar que la región sólo aparece en la agenda por causa de sus potencial hidroeléctrico (sí, me refiero al proyecto HidroAysén). Pero HydroAysén no es más que un proyecto colonialista de la metrópolis (Santiago) sobre las "provincias de explotación". Este fundamental desequilibrio constituye una falla estructural en nuestra organización republicana.
En realidad el centralismo está relacionado en su origen con otra deformación atávica de nuestro sistema político: la oligarquía. La supremacía de Santiago y de una reducida, emparentada y en general santiaguina clase política es algo que heredamos desde los tiempos coloniales. Como dijimos más arriba, nuestro sistema republicano actual permite que la clase política se reproduzca y se represente a sí misma. El ejemplo más patético ocurrió durante la campaña para las elecciones parlamentarias de 2001. En ese entonces Joaquín Lavín era alcalde se Santiago y parecía el candidato presidencial natural de la Alianza por Chile, entonces en la oposición. Los candidatos a diputados de la Alianza empezaron a usar el lema "un diputado para Lavín". Ese lema fue muy criticado por el gobierno de la Concertación, porque según ellos, un alcalde no necesita de diputados, pero un presidente sí. por lo que la gente debía votar por los candidatos concertacionistas que serían "diputados para el presidente". Lo que es patético de esta historia es que las dos coaliciones dominantes no entendían un hecho fundamental de la democracia: no son las autoridades (alcaldes o presidentes) quienes necesitan diputados (representantes); ¡somos los ciudadanos quienes deben ser representados y defendidos!
En definitiva, nuestra Organización política debe ser repensada con urgencia, pero con serenidad (para hacer las cosas bien). De no ser así, sólo veremos la agudización y profundización de los problemas sea cual sea el candidato que gane las elecciones presidenciales de 2013. Un buen primer paso era el proyecto de reforma al sistema político propuesto por la Democracia Cristiana y
Renovación Nacional, sin embargo su rechazo de plano y sin debate por toda la clase política me llena de terror y sólo confirma la miopía imperante. Es extremadamente necesario dejar de tratar a los ciudadanos como ovejas para transformarnos entre todos en constructores responsables de nuestra sociedad. Esto significa necesariamente "humanizar" nuestros sistemas político y económico, ir más allá de las razones técnicas y de la visión reduccionista ( persona = consumidor) imperante. A ver si los digo de forma que me puedan entender:
IT'S OUR DIGNITY STUPID !


